La historiografía dedicada a este hombre sobrepasa los trescientos títulos. La inmensa mayoría de sus obras han sido analizadas escrupulosamente. Un cuarto de siglo antes, Bogolûbov, su biógrafo soviético, escribió que los archivos que concernían a Betancourt en España y en Rusia habían sido bastante bien estudiados. Sin embargo, años de registros archivísticos, de lecturas multilingües y de búsquedas comparadas nos convencieron que los estudios "betancouristas” deparaban todavía muchas sorpresas, tratándose de las fuentes primarias o impresas o de una segunda lectura analítica. Hasta hoy, cuando su nombre es usado a todos los niveles frente a la opinión pública y en los medios de comunicación, cuando sus aportaciones científicas y técnicas son glorificadas sin cesar en el curso de numerosas conmemoraciones internacionales, tenemos la sensación de que Betancourt es, para nosotros, a pesar de todas estas muestras públicas, un ilustre desconocido. A pesar de esta paradójica afirmación, nada más lejos de nuestra intención está menospreciar los trabajos existentes, fruto de las frecuentes investigaciones de varias generaciones de historiadores.
Es evidente que una biografía intelectual de esta índole no es fácil de abordar. Su múltiple complejidad geográfica, lingüística y temática y la enorme disparidad de fuentes convierten el camino en particularmente espinoso. Las numerosas lagunas históricas han creado confusiones que hay que aclarar, errores que hay que rectificar. Este trabajo rutinario debe, evidentemente, hacerse, a pesar del gran riesgo que supone quebrantar ciertas representaciones establecidas. Para ello, hay que visitar los lugares comunes, ir a las fuentes, verificar, comparar y cruzar los hechos mínimos y los gestos conocidos del personaje, explorar sus relaciones, zambullirse en el contexto de la época. Por tanto, ante la acumulación de los escritos que, salvo algunas excepciones, multiplican los errores, es necesario, para comprender la amplitud efectiva del personaje, cambiar el ángulo de enfoque.
Esto es justamente lo que nos proponemos al volver a sus orígenes. Estamos configurando desde hace varios años un documental sobre Agustín de Betancourt y Molina. Se trata de un ensayo histórico que trata de aunar el rigor académico y la expresión artística. Es particularmente estimulante porque la experiencia se revela mutuamente instructiva. Lo vital se apoya en la imaginación para sugerir hipótesis, lo escrito se sirve del audiovisual para perforar el espesor del tiempo, para quebrantar el mutismo de los objetos y la impasibilidad de los papeles antiguos. La realizadora canaria Desirée Hernandez-Hormiga, residente en Las Palmas de Gran Canaria, y la historiadora ruso-francesa residente en París (y autora de este artículo) unieron sus esfuerzos, sus medios profesionales y sus destrezas respectivas para ilustrar el retrato colorista de un hombre creativo del siglo XVIII, con todo lo que ello implica de singular y de controvertido. El individuo aparece, según el contexto, apasionado y ambicioso, ingenuo e insolente, ganador y perdedor, omnipresente, pero demasiado variable como para abarcar definitivamente un solo dominio, invadido por preocupaciones cotidianas y por graves problemas de convivencia con los grandes de su época; pero, en medio y más allá de todo esto, se muestra infaliblemente fiel a su vocación original.
Una vida errante, una situación familiar ambigua, una carrera cosmopolita que conoce vuelos vertiginosos y caídas estruendosas. Las separaciones sin recurso, las pérdidas dolorosas, las amistades mantenidas más allá de las fronteras y las contingencias políticas.
Guerras, revoluciones, rebeliones, peregrinaciones, expatriación…Escapadas dignas de una novela de aventuras. Una geografía de los extremos que cambia las palmeras y el océano tropical por las planicies nevadas y los inmensos ríos helados; alterna las grandes capitales europeas (Madrid, París, Londres, San Petersburgo) con pequeñas aldeas, moradas lujosas con albergues míseros; en definitiva, kilómetros y kilómetros de caminos. Todos estos hechos de su existencia son elementos que permiten adivinar a un hombre que vive a través de efigies vaciadas en bronce.
En definitiva, el objetivo de este trabajo consiste en restituir la evolución intelectual de un hombre de las Luces que se pone al servicio de la modernidad y se impone como uno de los mediadores principales del progreso técnico a escala europea. Visto desde esta óptica, la suma de ejemplos de su historia personal ilumina procesos más globales que conforman hoy la historia social, entre ellos: el surgimiento del ingeniero moderno; la circulación de las ideas y su aculturación; el papel del ingeniero en la sociedad y sus relaciones con el poder; el empeño social de los expertos técnicos; su expansión en otros dominios de actividad, sus redes de sociabilidad, etc.
Hay que añadir que, tanto para la obra como para la película, rastreamos la huella del personaje en los archivos como en sus desplazamientos, en España y en Francia, en Inglaterra y en Rusia. Queda esperar que, al final de este recorrido, el desconocido ilustre pueda volvérsenos más familiar.
Irina Gouzévitch, historiadora (Francia)




